Jose Antonio Evora
El Nuevo Heraldo Cuando al hablar de música se dice ''salsa'', el nombre de Willie Colón no puede faltar en la lista. Compositor, arreglista, productor, director, trombonista y cantante, Colón --nacido en Nueva York de padres puertorriqueños-- llenó el sábado el Broward Center for the Performing Arts en un concierto que puso de pie al público más de una vez, como para demostrar la pujanza del mercado musical hispano fuera de los proverbiales dominios de Miami. Terminado el cuarto número, el salsero se dirigió a los espectadores para hablarles de la que llamó ''mi reina'', Celia Cruz. En honor a su memoria pidió un momento de silencio que, cumplido sin falta, evocaba la profunda devoción del músico y de su público por la Guarachera. ''Gracias, Celia, por todo lo que nos diste'', dijo Colón al cortar el aire de nuevo con su voz, y siguió la fiesta. Ese es el mejor nombre posible para el concierto. Fue una fiesta en la que, por sobre todas las cosas, se hacían muy evidentes el respeto y la admiración tan grandes ganados por Willie Colón entre la gente. El lo disfrutó y fue generosamente recíproco, aunque no tanto como hubiese querido el público, que al final pedía más y más y más. Cuesta trabajo, si es que no resulta imposible, dejar de recordar en cada concierto de Willie las producciones que con su orquesta hizo Héctor Lavoe durante los siete años que trabajaron juntos entre 1966 y 1973. A la mente viene también la incorporación posterior de Rubén Blades, entre cuyos resultados está el disco de salsa más vendido en la historia, Siembra, que salió al mercado en 1978. En el concierto del Broward Center for the Performing Arts nada de eso fue ajeno, y quizás por lo mismo se hizo evidente algo que --sospecho-- debe haberse dicho más de una vez: la voz de Colón tiene poco que envidiar a las de Lavoe y Blades. Trombonista de leyenda, ya se sabe, Willie pasaba del trombón al micrófono con una soltura increíble a estas alturas de su carrera. Hubo números, como El cantante y El gran varón (``No se puede corregir a la Naturaleza/ palo que nace doblado/ jamás su tronco endereza...''), que dejaron el sabor de haber asistido a momentos excepcionales, de esos en que hay madurez suficiente, pero no como para opacar la frescura y la libre inspiración. Fue una pena que el sonido no estuviera al nivel de su vocalización. Sólo al final se le oyó bien, como si por algún motivo hubiese sido sólo entonces que los técnicos lograran adaptarse a las condiciones acústicas del teatro y ajustaran la pista de voz a la altura necesaria para ''armonizarla'' convenientemente con las de los instrumentos. Para colmo, en Te conozco, bacalao y en otro instante del último tercio del concierto, el feedback hizo de las suyas. Parece haber sido también un problema de sonido lo que extravió un poco a la percusión --sobre todo los timbales-- en Periódico de ayer. Sin embargo, de nuevo hay que decir que aquello fue una fiesta. Luego de haberse despedido, y tras un breve regreso en el que dijo que sólo estaba de vuelta porque se le había quedado el instrumento, Willie Colón salió de nuevo al escenario para sonar La cumbia de Panamá con la alegría contenida de los maestros. Y la gente volvió a gozar, a bailar entre lunetas. |